Acto
Segundo
en el que se contiene
el desenterramiento de
Nuestra
Señora
Personas que hablan en él:
El Rey Don Jaime
Don Ximén, privado
Don
Artal, General
Don
Rodrigo
Pedro
López
Juan
López, pastor
Montano,
labrador
Toribio,
pastor
Hergasto,
pastor
Un
Cura
Un
hombre reo
Abenzoar,
moro
Zelauro,
moro
Zulema,
moro gracioso.
Dos
fantasmas
Dos
soldados
Música
Jornada Primera
Salen el Rey Don Jaime, Don
Ximén y acompañamiento habiendo sonado los instrumentos. Lleva el Rey un
pliego.
Rey ¡Que grave resolución!
Ximén Es Alfonso denodado, Señor.
Rey Basta!
Ximén Es sol de invierno
todo yerno en cualquier cabo.
Rey Muy a lo largo me escribe;
y olvidando los pasados
disgustos, en Azmirra
(si es posible) nos veamos.
Tomad, despachad el pliego,
que yo, como valenciano,
soy corto, y la ocupación
de la guerra y el cansancio
hacen que tan breve escriba.
Doile este gusto.
Ximén Es acertado,
que en Azmirra, Invicto Rey,
queden negocios a un lado.
Rey Allí seremos amigos;
que se olvidan los agravios
al visitarse los reyes.
¿Si habrá Don Artal llegado
a Caudete, Don Ximén?
Ximén Si, Señor, que a su cuidado
se debe lo que se dice
también del Cesar romano,
que fue llegar y vencer.
Rey Es Don Artal gran soldado;
el cielo le dé victoria.
Ximén Y el verde laurel tal mano. Vanse.
Salen Abenzoar y
Zelauro, moros.
Zelauro La pena y el llanto resiste,
y dime, padre y señor,
(si lo consiente el dolor)
¿que tienes que estás tan triste?
Abenzoar Ay! hijo, si el sentimiento
no me ahoga, con presteza
la causa de mi tristeza
te diré, si estás atento.
Habrá setecientos años,
si, bien habrá setecientos,
que perdió a España Rodrigo
y la ganaron los nuestros.
Hanla gobernado en paz
hasta ahora, que ya el cielo
ha permitido se truequen
de la fortuna los frenos:
pues Alá Santo permite,
por justísimos respetos,
quede restaurada España
y nuestro Imperio deshecho.
Y sujeto a la inclemencia
de este Don Jaime, a quien
dieron
los Ados, por venturoso,
valor y merecimiento.
Ese, Zelauro, ha de ser
(no me engaño, no) el acero
vigoroso, que amenaza
a todo estirpe agareno.
Este ha de echarnos de España,
y siendo así, por lo menos,
bastante causa me obliga,
Zelauro, a este sentimiento.
Zelauro Serena, Señor, el rostro,
que el verte lloroso, es cierto
me llega al alma y quisiera
asegurar tus recelos.
Yo soy Zelauro, y soy
tu hijo, padre; imagina
que en esta ocasión te heredo.
Déjate de agüeros, padre,
que siempre fueron agüeros
de amilanados cobardes
el sagrado de su templo.
Caudete está fuerte; vengan,
que por Alá te prometo
que es difícil de sacar
una piedra de su centro.
Abenzoar No dudo yo, hijo amado,
de tu valor, que en tu pecho
tienes sangre de Almanzor
que te dá vigor y esfuerzo.
Mas presto veras deshechas
estas dudas, y el acero
manchado el corte y teñido
en sangre de nuestros cuellos.
Zelauro Padre, desecha el temor
y acudamos al remedio:
que la prevención fue siempre
parte de mis desempeños.
Pertrechemos las murallas
y este lugar pertrechemos,
que no es razón que nos hallen
con las manos en el seno.
Abenzoar Eso sí, joven bizarro,
póngase en los muros luego
soldados, que nos defiendan
de este castigo del cielo. Vanse.
Suenan cajas y clarines dentro y salen Don
Artal, Don Rodrigo
y soldados, aquellos con
bastones.
D Artal Cese el estruendo bélico de Marte,
pues el contrario vemos frente a frente
y a trecho de arcabuz el valuarte.
Póngase en orden toda nuestra gente
que la ventura está de nuestra parte.
Demos el fiero asalto de repente.
que ahora es ocasión para ofenderlos
tomando la ocasión de los cabellos.
Que, aunque es cierto vienen fatigados
nuestros soldados, son como leones,
que se muestran altivos y arrojados
en viendo semejantes ocasiones.
Aquí los fieros pechos, denodados,
alentarán sus fieros corazones,
que el español, preciado de valiente,
ni siente hambre ni cansancio siente.
D Rodrigo Valiente, Don Artal, tu noble pecho
determina prudente, ejecutando
las Leyes de Milicia tan de
hecho
que solo a tu valor se debe el
mando;
y he quedado de suerte
satisfecho
que por ir tus acciones
imitando,
no Capitán, soldado te quisiera,
si a conquistar subieras a la Esfera.
D Artal Discreto Don Rodrigo, airoso y fuerte,
yo estimo ese valor como de
amigo;
mía es la ocasión, tuya es la
suerte;
esta pienso seguir, siendo
testigo,
que a imitación del hijo de la Herte ,
con este acero, en la ocasión,
me obligo,
sin pérdida de infante ni
jinete,
conquistar a Bogarra y a
Caudete. Vanse
Sale Zulema, moro gracioso,
cantando:
Zulema No
está para Vosarced
maduro
el higo;
no
está para Vosarced
cristiano
amigo;
no
está para Vosarced
maduro
el higo.
Todo me caer de sonio
que no me he quitado: mate,
y más de cuatro me merran
que les dir a los alcances;
Válame santo Mahoma
e más sus coraterales
que les sabe bien el vino,
que hay poquitos que le
amarguen.
Oh! que bona centinela
hacer yo en aquella parte!
Pues me andar alrededor
todos los montes e valles,
válame santa Natava!
Sin duda más penetrante
tener el vista, pues ver
soldados enumerables;
exércitos cristianilios
parecer, quiero cuntarles:
uno, dus, mel, enfenitos:
jura diez que es lindo alarde.
Querer yo avisar mi gente,
e dar voces; mas ya es tarde:
¡ Guerra, guerra, al arma, guerra,
al arma mis capitanes!
Sale Zelauro, moro, con la espada desnuda.
Zelauro Santo Alá, que sobresalto
el recelo me previene!
¿quién da voces?
Zulema Yo, que tener
bona vista, Senior; cristanilios
que cubren el campo y traer
cabalios para correr,
lanzas e picas en elios.
Zelauro No importa: yo te agradezco
el aviso que me has dado;
lleguen, que ya mi cuidado
a la defensa le ofrezco.
Vengan, que si todo el mundo
cifraran en su poder,
atrás les hará volver
este brazo sin segundo.
Espérame en la muralla
y verás que, en verme en ella,
el que llegare a ofenderla
mi dicha y su muerte halla. Vase.
Zulema Oh! bon Zelauro, aquí te espero.
mas ay! que el sonio me alcanza,
y mentras llega el mudanza
por diez dormerme quero. Vase.
Tocan cajas y clarines y salen
Don Artal, Don Rodrigo y soldados.
D Artal Valerosos españoles
a quien deben respetar
por tener siempre lugar
en la guerra los primeros:
Hoy nuestro valor ocupe
de los anales del tiempo
la mejor plaza, mostrando
el valor de vuestros pechos.
Que si a Caudete rendimos,
que si a Caudete vencemos
y esta victoria alcanzamos
debida al luciente acero:
hoy restauramos la patria,
hoy a la rueda ponemos
un clavo, y a la inconstante
quedará el vigor opuesto.
Mirad que, si sois sus hijos,
os obliga el sentimiento
a liberar a una madre
que el ser natural debemos.
Cautiva está, y es razón
su rescate procuremos,
que es bastante acción poner
la tardanza en el remedio.
Conozcan estos consortes
de Mahoma que hoy el Cielo
se opone contra sus bríos
siendo el horror escarmiento.
Hoy de Caudete, soldados,
han de quedar los cimientos
desquiciados de los sitios
y arrancados de su centro.
D Rodrigo Generoso Don Artal,
claro y evidente ejemplo
del valor, tu brazo es digno
de semejantes trofeos;
¡tóquese al arma! ¡envistamos!
D Artal ¡Al arma toquen, que pienso
hoy, Don Jaime, han de ser tocan las cajas.
estos desdichados Pueblos!
Sale Pedro López de camino, vestido de labrador, con una
espada.
Pedro Gracias al Cielo que miro
el campo donde pretendo
servir de soldado al Rey
Don Jaime.
D Rodrigo Oh, que bueno!
Hola, hermano ¿qué buscáis?
Pedro Busco, Señor, es lo cierto,
una plaza que servir.
D Rodrigo ¿De soldado o mochilero?
Pedro No Señor, pese a Mahoma!
que aunque me ve tan grosero
soy hombre de bien, si bien
hombre de poco dinero.
D Artal Despejo muestra el villano. aparte los dos.
D Rodrigo Don Artal, yo me sospecho
que debe de ser espía.
D Artal Presto, amigo, lo veremos:
¿quién sois, hermano, decid?
Pedro Yo, Señor, en Paracuellos
tengo toda mi prosapia,
tengo todo mi abolengo.
D Artal ¿Cómo os llamáis?
Pedro Pedro López,
de María Díaz nieto,
biznieto de Antonio López
y de un tal Juan López chozno.
D Artal Si de esta suerte tomáis
la descendencia, sospecho
que Adán no estará seguro
de deberos parentesco.
Con resolución, queréis servir?
Pedro Pese a, si quiero;
yo vengo a buscar la guerra;
y por solo servir, dejo
a María de la Paz , mi mujer,
y un hijo como un Lucero,
el cual queda con Hergasto
y Toríbio, dos mancebos
que gobiernan como quieren
sus ovejas y borregos.
D Rodrigo Esta sencillez me admira!
D Artal Y a mí también! Mirad, Pedro,
yo os asentaré la plaza
de soldado, si primero
ese valor que mostráis
sabéis oponer al riesgo.
Pedro Mándeme Vuesencia,
que yo soy hombre que tengo
sangre en el ojo, y hace
que tiemblen de mí los perros.
D Artal Pues mirad, por esta parte
de muralla estad atento:
habéis de reconocer al enemigo.
Pedro Soy contento:
ponga pues su potestad
en orden todo el Ejército
que yo soy quien hace y dice.
D Rodrigo Presto lo veremos, Pedro.
Adiós.
Pedro Aquí pide la ocasión
particulares alientos,
ánimos para vencer
y en los males sufrimiento.
Quiero entrar conmigo en cuenta
y sustanciar el proceso
de mi vida, que hay fiscal,
culpa de mi parte y reo.
Dice el fiscal: Pedro López,
¿quién os movió el pensamiento
a dejar vuestra familia?
Yo respondo, y digo a esto
que fue un sueño. Mal hicisteis
si disteis crédito a sueños,
que los sueños, sueños son,
oí decir a mi abuelo.
Mas quién soñó que la Virgen
le alentaba el pensamiento,
disculpa tiene bastante;
ea, yo he ganado el pleito;
y pues estoy victorioso
a reconocer me llego
este lienzo de muralla;
que, por Dios, a ser de lienzo
no fuera tan invencible.
¡Válgame Dios, que portento
de fortaleza es aquesta!
Mas.. que le castigue el tiempo.
Salen Zelauro y Zulema y lo prenden.
Zelauro Rinde la espada, cobarde!
Pedro Si me tenéis prisionero
y la traición ha podido
reducirme a tal aprieto
la espada tenéis segura.
Zelauro Llévale agarrado y preso
que en una obscura mazmorra
pagará su atrevimiento.
Zulema Ea, vamos, compañero.
Pedro Llevadme donde queráis,
que con extraño contento
padeceré por la Virgen
mil géneros de tormentos. Vanse y llévanlo preso.
Salen Don Artal, Don Rodrigo y
demás soldados cristianos.
D Artal Moro disfrazado fue
sin duda vuestro mancebo;
y con esta traza vino
a solo reconocernos.
D Rodrigo Presto pagará el cobarde
semejante atrevimiento,
que ya las murallas cubren
los capitanes bermejos.
Aparecen en lo alto de la muralla
Zelauro, Abenzoar, Zulema
y otros moros.
Zelauro Soberbios españoles, arrogantes,
varios, presuntuosos, inconstantes,
llegad, veréis los bríos
Conque resisten los soldados
míos;
y ese cristiano orgullo, esa
braveza,
la morisca fiereza
castigará de suerte
que, envueltos en las ansias de la muerte,
del postrer paroxismo
tropezareis en un profundo abismo.
D Artal Moro cobarde, infame,
pues que das ocasión que así te
llame:
ahora, en este punto,
verás la muerte y tu castigo junto.
Zelauro Llegad, viles cristianos:
sabréis a lo que saben estas
manos! Tocan al arma.
D Rodrigo ¡Cierra España! ¡Toca al arma, guerra, guerra!
Cristianos! A ellos,
Santiago! Tocan.
¡Muera
Mahoma, muera! Vase.
Suena dentro ruido de cajas y
clarines, de pelea y de guerra
con espadas y salen riñendo
Zelauro y Don Artal detrás.
D Artal ¡Rinde las armas, Zelauro,
o te quitaré la vida!
Zelauro Por bien perdida la diera,
que a un hombre en tantas
desdichas
siempre la vida le sobra.
D Artal Ríndete a la valentía
española que sujeta
vuestras banderas moriscas.
Yo te concedo, Zelauro,
la vida, porque se diga
que venció lo generoso.
Zelauro Mil años, Don Artal, vivas,
que yo, en agradecimiento
de esta merced, esta Villa
de Caudete y las demás
que hoy es su distrito miras
se rinden a tu valor.
D Artal ¡Viva el Rey Don Jaime, soldados!
Soldados ¡Victoria! ¡Victoria! ¡Viva! ¡Viva!
(dentro) Vanse.
Salen Toríbio y Hergasto, de
pastores.
Toríbio Voto a San, Hergasto, que
es Juanillo como un oro.
Hergasto No pienses que le desdoro,
mas todas sus tretas sé.
Él es gentil, palaciego,
y para hipócrita, vale
lo que pesa, y cuando sale
a los campos pone fuego:
y en Paracuellos murmuran
apacienta su ganado
en trigos que no ha sembrado;
y aún de cojerle procuran
en el lazo.
Toríbio Voto a mí,
que es engaño manifiesto,
que Juanillo es muy honesto;
y en toda mi vida vi
semejantes travesuras.
Hergasto Pues yo sé que la langosta
menos daño y menos costa
hace, pues tanto me apuras.
Toríbio Hergasto ¿por qué tan mal
quieres a Juanillo, dí?
Hergasto Porque en mi vida le ví
sino de mal natural.
Toríbio Tu te engañas; que él ayuna,
reza y, sabio, se entretiene
en aquello que conviene.
Hergasto Él te dejará a la Luna.
Toríbio Él viene ahora, y verás
tu desengaño invencible.
Hergasto Anda, que eres muy terrible,
que tú el engañado estás.
Retíranse a un lado y sale Juan
López de pastor, con una cruz
en la mano y un zurrón con
cruces y santos al hombro.
Juan Cruz santa y peregrina,
tu me gobierna, ampara y
encamina
a que por ti padezca redención
y en estos ejercicios permanezca.
Que consuelo, que gloria
en esta dulce historia
es daros mil abrazos,
pues mi Dios y Señor os dio los brazos.
Oh Cruz divina y santa!
que siendo de mi Dios feliz Atlanta,
cargó sobre estos brazos alentados
de todos los pecados
aquel peso inmortal, y sin segundo
y rendimiento al mundo
vos fuisteis medianera
de nuestra redención, oh! quien pudiera
fijar en vuestros brazos soberanos
la vida, el corazón, los pies y manos!
Hergasto Ahora verás, Toríbio,
que lo que digo es verdad:
¿puede ser mayor maldad
que, dando a su vida alivio,
se esté con la Cruz jugando
y el ganado, sabe Dios
que al fin veremos los dos
que va los campos talando?
Toríbio Anda, que no puede ser; pero...
Juan Rumor siento: guarda, el lobo.
Me voy, reconozco el ganado,
que siempre el maldito airado
anda con la oveja al robo.
Toríbio Ah! Juanillo!
Juan ¿Qué mandáis?
Toríbio Vuelve,
que importa, traidor!
Juan Poco me importa, Señor,
que tan mal nombre me deis,
¿yo traidor?
Toríbio Mucho lo sientes.
Anda y déjame el apero.
Juan Helo aquí, Señor, mas quiero dáselo.
sepas
que son excelentes
muchas cosas que hay en él,
mientras doy vuelta al ganado. vase.
Toríbio Eso no te dé cuidado.
Mira, Hergasto, qué de santos sácalos.
tiene
Juanillo entre tantos
palos de olivo y laurel.
Mira qué de cruces hace.
Hergasto Bien, Toríbio, estoy en eso;
mas la verdad, te confieso
que a mí no me satisface.
Sale Juan López, siempre la mano
manca.
Juan En este punto se apea
el amo. Ya os vengo a llamar
y juntamente a avisar
como queda en la Aldea.
Dame ahora mi zurrón,
que estimo lo que hay en él:
que es una cruz de laurel
a quien tengo devoción.
Toríbio Tómale, y vamos a ver
a nuestro amo, que otro dia
saldremos de esta porfía.
Hergasto ¡Tijeretas han de ser! Vanse.
Salen por una puerta el Rey, Don
Ximén y acompañamiento;
y por otra Don Artal y soldados.
Sacan sillas.
D Artal Déme vuestra Majestad la mano.
Rey Los brazos quiero;
que se debe a un Caballero
como Vos toda amistad.
Contadme, Artal, si es posible,
de la pasada victoria siéntanse.
el triunfo, el lauro y la gloria.
D Artal Escucha, Rey invencible.
Diome Vuestra Majestad
de General, con airosa
gentileza, este bastón;
y viendo que por la posta
me tocaba el acudir
a sujetar la briosa
nación agarena, puse
en orden todas las tropas.
Salí de Valencia un lunes;
y el cielo, con envidiosa
acción, antíparo puso
a la más luciente antorcha.
Fue, quizá, porque temió
fueran de su luz inópia
los rayos del blanco acero,
que brillaban de tal forma
que pareció en la campaña,
(digo la menos fogosa cuchilla),
un rayo de Marte
y un destierro de las sombras.
Llegamos pues a Caudete
a
tiempo y cuando la aurora
lloraba perlas un dia,
advirtiendo recelosa
daños, ruinas y desmanes,
fracasos, muertes forzosas,
que a su tiempo especularon
los secuaces de Mahoma.
Puse el cerco y, pertrechados
con trincheras espaciosas,
legamos a estar a trecho,
que mil veces las pelotas
mismas que nos arrojaban
sacándolas con rabiosa
diligencia, ensangrentadas
de heridas muy peligrosas,
volvían donde salieron,
si bien ya tan venenosas
que solo el aire quitaba
la vida a muchas personas.
Llegose a dar el asalto
y en menos, Señor, de la hora
el foso, de cuerpos muertos
se vio tan lleno, que cortas
escalas fueron bastantes
a trepar el muro, a costa
de poca sangre cristiana.
Aquí, Don Rodrigo, (honra
de su patria), enarboló
las banderas españolas
en vuestro nombre, que fue
hazaña eterna y heroica.
Mientras duró lo fragoso
de la guerra, sangre mora
guarnecía las murallas
de claveles y amapolas.
Volaban, Señor, volaban
por el aire algunas rosas,
como cuando suda el cielo
cristal desatado en ondas.
El asombro y confusión,
el aprieto y la congoja,
el llanto y el desacierto,
la turbación, la destreza,
que no se vio ni se ha visto
en las humanas historias
tal portento, porque fueron
infinitas las derrotas.
Yo entonces, sobre los muros,
al son del parche y la trompa,
animando a los soldados
y apellidando Victoria,
dije: ¡Viva el Rey Don Jaime!
a cuya voz animosa
todos respondieron: ¡Viva
más años que tiene hojas
el Abril! En este tiempo
Zelauro, un moro, se arroja
al peligro, procurando
eternizar su persona.
Subió al muro, y como el toro
que le cubren de garrochas
en la plaza, y se defiende,
él se defendió dos horas
tan valiente, que esforzado
yo de mirar su dichosa
suerte, tomé por mi cuenta
refrenar su facción loca.
Díjele: “Moro
arrogante,
Hoy
quiero honrarte, reporta
el
orgullo, que a mi brazo
tu
rendimiento le toca”.
Miróme, y medio turbado
me respondió con voz ronca:
“Solo
este alfanje se rinde
a
personas generosas”.
“Yo lo
soy”, dije, y provocando
su suerte, como leona
ofendida, me acomete,
y a pocos lances, a pocas
vueltas de la rueda varia,
a pesar de su briosa
condición, conoció el moro
bizarrías españolas.
Rindiose, Señor, y al punto
cesaron las peleonas
de los campos, que venía
por Capitán de sus tropas.
Entregó luego las llaves
de la fortaleza, a costa
de su agravio, y de otros muchos
que les tocó su deshonra.
Cesó el furor, cesó el llanto,
y recogida la corba
guadaña, treguas ofrece
la obscura noche espantosa.
Amaneció claro el sol;
y las fortalezas, todas
de gallardetes vestidas
y diversas banderolas,
reconociendo otro dueño,
parecían que de Auroras
le bordaban rayos de oro
y les pintaban de aljofar.
Y viendo que, con mil gustos,
toda la morisma, toda,
unánimes reconocen dicha
en la desdicha propia,
en vuestro nombre mandé
se observase rigurosa
vuestro valor reconozcan.
Esto Señor, ha pasado;
y a quien se debe la gloria
de este triunfo, de este aplauso,
es solo a vuestra corona.
Rey Generoso Don Artal,
levántase y le abraza.
dadme los brazos, que es corta
satisfacción no abrazaros
por segunda vez.
D Artal Si estas honras
Vuestra Majestad me hace,
es subirme al cielo.
Rey Importa levantaros al Zafir
y estimar vuestra persona.
Vamos, y descansareis:
que un Caballero que a costa
de su sangre me defiende
con acciones tan briosas,
muchas más honras merece.
D Artal Gravedad majestuosa,
siempre obliga a obedecer.
Rey Dejáis la fama envidiosa.
Vase.
D Artal La misma lleve, Señor,
volando a las más remotas
provincias, dé vuestro nombre
noticias que os reconozcan. Vase.
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